El bronco

A la vanguardia del galope de los candidatos independientes, Jaime Rodríguez Calderón sorprendió al electorado de Nuevo León y de todo el país al hacerse de la gubernatura con un aplastante 49 por ciento. En entrevista con Newsweek en Español, este hombre de hablar franco y en ocasiones folclórico, compara el sistema político con la figura de Darth Vader, y afirma encabezar a la legión de ciudadanos que “hoy ya está rebelándose”. Y para probar que no le tiembla la mano asegura que, apenas se instale en el palacio de gobierno, abrirá una investigación sobre Rodrigo Medina, el gobernador saliente. “Va a haber justicia. Lo vamos a hacer.”

GARCÍA, NUEVO LEÓN.— La mañana de la votación, Jaime Rodríguez Calderón despertó al amanecer, tomó un baño y acudió al lienzo charro cercano a su casa para ejercitar a cuatro ya montaba el primero de los ejemplares, un lusitano blanco de manchas grises. “Decidí venir a montar un rato para distraerme, y que no me gane el hígado.”

El Bronco improvisó una rueda de prensa a mitad del redondel y, posteriormente, trotó durante un par de horas sin cambiar de caballo. El ejercicio surtió efecto porque, al terminarlo, Rodríguez se mostró tranquilo. Anunció entonces que iría a su casa para desayunar, dormir un poco, ver una película de Pedro Infante y “esperar noticias de Dios”.

Para las diez y media de la mañana, cuando eso sucedió, nada anticipaba el histórico ejercicio que harían dos millones de electores, de los tres millones doscientos mil que conforman el listado nominal. El mayor de los conflictos obedeció a la apertura tardía de algunas casillas, como efecto de la burocracia, porque tampoco hubo una masa que mostrara el ansia por sufragar. El letargo se expandiría hasta que fueron goteando los primeros resultados, entrada la noche.

El candidato independiente marchó entonces para hacer lo que dijo. Al final vio La oveja negra, el filme de 1949 dirigido por Ismael Rodríguez cuyos protagonistas, Fernando Soler y Pedro Infante, encarnan a un padre despiadado, enfermo de poder y de amores infieles, con quien su hijo disputa la presidencia del pueblo. Cruz Treviño Martínez de la Garza, el personaje interpretado por Soler, recibe una lección brutal. Pierde la contienda y también muere su mujer, lo que finalmente lo lleva al arrepentimiento.

La moraleja sobre el final de la maldad y el cacicazgo es probable que no aplique en el Nuevo León postelectoral, donde el remordimiento no alcanza. La gente pide justicia y el Bronco ha prometido darla encarcelando a Rodrigo Medina, el gobernador vencido. Las noticias de Dios lo dotaron de una fuerza nunca vista, con la mitad de los votos de una sociedad harta de corruptos. Y él dice que no piensa perdonar.

“VA A HABER JUSTICIA”

Otra mañana de domingo, el 5 de julio de 2009, Rodrigo Medina de la Cruz sufragó como candidato del PRI a la gubernatura. Antes de entrar a la casilla, muy cerca de la que era su casa en una colonia de clase media en San Pedro Garza García, invitó a los ciudadanos a votar, aludiendo para ello al costoso sistema electoral que se tiene en México. Después de votar acudió a su casa, y en el estrecho comedor que tenía, desayunó barbacoa de res junto con su familia.

Medina venció en las urnas al candidato panista Fernando Elizondo Barragán, hoy sin militancia partidista y aliado del Bronco; cuatro meses más tarde asumió como gobernador. Recibió las arcas con una deuda de 8000 millones de pesos, que multiplicó en cinco años hasta 42 000 mi-llones para beneficiarse y beneficiar —afirman legisladores del PAN— al grupo selecto de empresarios y políticos que lo llevaron al poder.

Hoy Medina y su familia son poseedo-res de por lo menos ciento diez propieda-des en San Antonio, Texas; se hicieron de otros seis inmuebles en San Pedro Garza García con valor de 250 millones de pesos, y cuentan con terrenos en quince ejidos de los municipios de García, Mina e Hidalgo, de acuerdo con la investigación emprendida por Aldo Fasci, ex subprocurador y exsecretario de Seguridad Pública del estado, quien encabeza una demanda judicial en contra del mandatario en Estados Unidos y México, acusándolo de lavado de dinero y enriqueci-miento ilícito.

“Va a haber justicia. Lo vamos a hacer”, anuncia Jaime Rodríguez, la mañana del martes 9, sentado en una banca frente a su casa desde donde se aprecia el caprichoso perfil de un fraile que da nombre a la montaña enorme que marca el lindero norte de García. El Bronco está sereno. Dice que se recupera de la explosión dejada por la adrena-lina de la campaña y el triunfo.

La noche de domingo, Rodríguez mostraba un raro temple mientras unas qui-nientas personas lo aplaudían en la sala del centro Convex, donde anunció la victoria electoral. Se improvisó una rueda de prensa. Una de las preguntas fue si encarcelaría al gobernador. La respuesta es que abrirá una investigación apenas tome el control administrativo. Un par de horas más tarde festejaba frente a una multitud congregada en la Macroplaza, frente al palacio de gobier-no. Miles de gargantas gritaron sin tregua: “¡Cárcel para Medina!”

“Es ingrato cuando un gobernador se enriquece de manera tan burda, tan cínica, y luego salga explicándote que todo está bien”, analiza el Bronco dos días después, en la se-renidad de su casa. “Tú no puedes armarte de riqueza sin que la gente vea.”

La casa de Rodríguez se erige sobre 8000 metros cuadrados, al extremo poniente de la cabecera municipal. Tiene un par de recámaras, un baño, sala, comedor y cocina. En 2011 inició una amplificación para colocar allí el comedor y un lobby mayor que aún no termina. Al costado norte tiene tres caballerizas y una pequeña cantina a la que decidió llamar La Capilla. Dentro de ella hay una pequeña barra, un juego de sala rupestre, dos mesas de ébano, esculturas de caballos, fotografías en blanco y negro de sus bisabuelos, abuelos y padres, y un caballo gigante esculpido en palo de fierro.
“No la he terminado, sigo trabajando. Porque le metemos lo que tenemos”, dice sobre la propiedad. “¿Tú crees que en seis años puedes ser dueño de medio San Antonio y de propiedades en varias partes del mundo y dinero por todos lados? Tiene razón el pueblo. No es grito de sangre, es grito de justicia. Es el grito de: ¡Ya, cabrón!”.

“ES UNA PERSONA CON UNA INQUIETUD DE ORIGEN”

Hay un toque de emotividad con el que se condujo Jaime Rodríguez en su travesía de dos años y medio en pos del gobierno estatal. Fue la extensión de lo que ha hecho desde sus años veinte, cuando fue secretario de Obras Públicas en Galeana, el municipio donde nació el Día de los Santos Inocentes de 1957.

“Jaime es una persona con una inquietud de origen”, lo describe Jesús Siller Rojas, el delegado en Tamaulipas de la Confederación Nacional Campesina [CNC].

Siller tenía veintisiete años de edad y era diputado federal cuando conoció a Rodríguez en su faceta como funcionario municipal. Y testificó, dentro de la CNC, las ad-hesiones logradas a partir de lo que él mismo llama “su carisma y liderazgo”. Un tiempo después de conocerse, el Bronco —que todavía era llamado así— dirigió en Nuevo León esa organización campesina, médula del corporativismo priista.

Ambos trabajaron juntos en un proyecto político nacido en la década pasada, bajo el liderazgo de Abel Guerra, el político tamaulipeco que actualmente es diputado federal por Nuevo León y cuya esposa, Clara Luz Flores, asumirá en octubre la alcaldía de Escobedo por segunda ocasión.
El vínculo con Guerra fue un factor por el cual la cúpula estatal del PRI buscó negarle por vez primera una candidatura a Rodríguez, dice Siller. Era la candidatura por la alcaldía de García en 2009, en la que terminó arrasando a su oponente del PRD, el partido que entonces gobernaba el municipio.

Rodríguez llevó la campaña en términos muy similares a como lo hizo ahora que buscó el gobierno estatal. Pero en vez de redes sociales se valió del teléfono celular, entonces un Black Berry, cuyo número imprimió en tarjetas de presentación que distribuyó a diestra y siniestra entre la población.
Les prometió paz en un momento de subyugación absoluta ante el crimen. Una célula de Los Zetas controlaba la seguridad y la recaudación pública. La promesa de Rodríguez constituyó una afrenta que los miembros de ese grupo no estuvieron dispuestos a desairar. Comenzaron las amenazas, hasta que un día se apersonaron en su casa y la tirotearon, recién electo alcalde.

Rodríguez se comunicó entonces con el general que había nombrado como secretario de Seguridad Pública apenas cuatro días antes, en su toma de posesión. El ge-neral acudió junto con sus escoltas al domicilio de su jefe, pero antes de llegar fueron abatidos por los criminales.

“El día que fue el velorio del secretario de seguridad y de sus ayudantes, únicamente estaban allí los familiares, los dolientes y Jaime, solo. No había seguridad de ninguna índole”, rememora Siller, quien se sorprendió ante tal escenario al llegar a ofrecer el pésame.

En medio de la más terrible racha violen-ta del estado, Rodrigo Medina fue un gobernador ausente, que dejó no sólo esa vez, sino después de los atentados de 2011, sin respaldo solidario a Rodríguez, para entonces ya conocido por su mote del Bronco.

El delegado de la CNC es un cuadro formado en los viejos liderazgos agrarios del estado, lo mismo que Rodríguez. A pesar de ello, no le concedió mayores probabilidades de triunfo. Hasta que lo vio en campaña.

“Andaba yo peleando con mi familia por-que tenía entre ellos muchos simpatizantes”, cuenta. “[…] Creo que menospreciar el movimiento fue un error. No puedes andar menospreciando a nadie, y menos a la experiencia. La exclusión de la experiencia es sinóni-mo de suicidio político.”

“NUNCA HABÍA PASADO ESTO EN NUEVO LEÓN”

La victoria del Bronco no tiene antecedente, ni en Nuevo León ni en ninguna otra parte. Al menos no en la era democrática del último cuarto de siglo. No sólo aplastó a sus adversarios del PRI y el PAN sin respaldo partidista, sino que bajo su sombra se transformó el mapa político estatal.

Rodríguez obtuvo, en números globales, 49 por ciento de los votos. A Ivonne Álvarez, del PRI, y a Felipe de Jesús Cantú, del PAN, les hubieran faltado, juntos, dos puntos y medios para derrotarlo.

Y de ahí en adelante: en 47 por ciento de los municipios sustituyeron alcaldes de un partido por otro, y los electores modificaron la balanza favorable al PRI en el Congreso dándole mayoría al PAN. De los cincuenta y un ayuntamientos, justamente el PAN se hizo de once, mientras que el Panal, PRD, Movimiento Ciudadano y un candidato indepen-diente se alzaron con el triunfo en otros cuatro municipios.

Fue el castigo ciudadano, coinciden analistas de dentro y fuera de Nuevo León. Porque eso mismo se replicó con candidatos independientes de Culiacán, Morelia y Zapopan.

“Nunca había pasado esto en Nuevo León”, reflexiona el Bronco. “La gente está enojada, está molesta, lo percibe, se dan cuenta. El dinero no se puede guardar así nomás, cabrón. Les gané en todos lados, en todas partes. Decían que no tenía estructura y la tuvimos. Decían que… los alcaldes no saben cómo perdieron, todos perdieron. Obviamente ganaron los candidatos locales por-que yo no me metí en ese tema, ¿me entiendes? Si yo hubiera tenido candidatos en todas partes, quién sabe, me hubiera metido en líos, en pleitos, en discusiones; no me hubieran dejado tranquilo en la campaña.”

La conformación de la nueva legislatura no le incomoda. Rodríguez dice tener amigos entre los diputados electos. Pero, sobre todo, fortaleza ciudadana.

“No vamos a presentar en el Congreso modificaciones polémicas, ninguna. No hay necesidad. Creo que la ley que existe es suficiente. Vamos a hacer dos reformas: a la Ley de Participación Ciudadana, para establecer la revocación de mandato y de esto estarán encantados los diputados [“puta, para que al tercer año se vaya este cabrón”], y la van a tener que aprobar. Que me aprueben la Ley de Administración Pública, total. Con ella vamos a reducir el aparato de gobierno; vamos a establecer las figuras ciudadanas. Listo. Ninguna otra.

“¿El presupuesto? A ver, diputado, qué quieres que hagamos. Si quieres reducimos en el área social, nomás que el pueblo se te va a echar encima porque yo voy a decir que tú decidiste eso. Yo te estoy proponiendo que crezcamos el presupuesto social, tú no quieres, ni modo, compadre. Raza: el señor no quiere.”

Sobre el tema de su relación con el Congreso se extiende varios minutos. Pero en síntesis anticipa convulsiones que juzga necesarias.

“Voy a ser un gobernador que va a romper protocolos. Yo soy un candidato ciudadano, ganamos con la voluntad popular. Ellos son diputados que ganaron también con la voluntad popular, entonces son los mismos que votaron por mí. Es decir, los mismos que votaron por el diputado votaron por mí, fíjate, votaron por mí. El mismo que decidió que el diputado fuera del PAN o del PRI, su elector votó por mí para gobernador. Entonces, compadre —dice refiriéndose al elector-, yo no te quiero hacer daño, el que te quiere hacer daño es el diputado.

“Es tiempo de cambiar eso en México también, y me voy a atrever a hacerlo. No tenemos que llevárnosla tersa, tersa, porque ese es un grave problema. Los políticos no quieren meterse en líos, por eso se llaman políticos. Pero hay que hacer las cosas.”

“CON O SIN EL PRI, CON VIEJA O SIN VIEJA, VOY”

Es mayo de 2011, Jaime Rodríguez se encuentra sentado en el escritorio de su despacho como alcalde de García. Han pasado cuatro semanas desde el segundo atentado, en el que murió uno de sus escoltas, tocado por alguno de los 1680 proyectiles disparados por los atacantes. Narra lo sucedido con excitación. Luego, absorto en los recuerdos desde sus tiempos de candidato, llora al recordar la desaparición momentánea de su hija Valentina, entonces de tres años, y la muerte de su primogénito, los días previos a tomar posesión.

“Quiero ser gobernador, compadre. Me voy a atrever”, confía.

Año y medio después, en noviembre de 2012, pasada su función como alcalde, se inscribe para tomar un diplomado en marketing por redes sociales. Viaja a Miami, Florida, donde se capacitará durante tres meses. Tiene el propósito firme de darle la vuelta al sistema, que a través de su partido por treinta y tres años, el PRI, le niega la posibilidad de contender.

“Tomé la decisión de que con o sin el PRI, con vieja o sin vieja, voy. Punto. Es una decisión mía, no del partido”, me dijo en febrero de 2014, el día en que inició su broncomanía ante unas doscientas mujeres, líderes de colonia, convocadas en un auditorio en el que no hubo ni tortas ni refrescos porque, les dijo, no se trababa de acarrear a nadie.

Fue un arranque desairado por la clase política y los analistas locales. Nadie tampoco, fuera de Nuevo León, reparaba en su movimiento. “El loquito del Bronco”, se referían a él.

La ortodoxia o la soberbia de los partidos políticos impidieron ver lo que Rodríguez gestaba.

“Nuevo León tiene 3 200 000 electores y Facebook 2 800 000 cuentas de gente mayor de edad”, explicaba aquella vez. “Veo que tenemos posibilidad porque la gente opina y vamos midiendo el ánimo. Nada más en tres días, a través de Facebook, llevo casi 2300 representantes de los 3600 que necesito. Lo quise hacer a través de Facebook. Me voy a atrever a probar las redes sociales. Con eso podemos vencer a la televisión. Con eso podemos vencer el corporativismo publicitario. Podemos hacerlo sin necesidad de llegar a la fricción, al pleito, a la intriga mediática.”

Más sorprendente que su victoria debe ser la miopía partidista. El gran segmento social que terminaría con el sistema tal cual se conoce, Rodríguez lo visualizó perfecto: sedujo al 65 por ciento de los electores menores de veinticinco años, al 40 por ciento de electores entre veinticinco y treinta y cinco años y al 53 por ciento de los universitarios.

“TENER FRIALDAD PARA LA TOMA DE DECISIONES”

La serenidad que demuestra el Bronco es engañosa. Su campaña provocó nervios no solamente al gobernador y a su padre, o al círculo de empresarios y políticos beneficiados durante el sexenio. Son ellos los que estuvieron detrás de la ofensiva de lodo en su contra, y quienes ahora, con el triunfo aplastante, pueden ser presa del miedo agresivo.

Cinco semanas antes de las elecciones, Rodríguez pidió guardar el secreto sobre el blindaje de la camioneta que alquiló para recorrer Nuevo León. En vez del caparazón nivel siete que utilizaba en sus tiempos de alcalde, lo único disponible que halló en el mercado de alquiler fue una de nivel cinco, vulnerable a las balas de alto calibre.

En su casa, en donde el año pasado relajó la vigilancia y mantenía abierta la puerta de entrada vehicular, hoy la seguridad fue redoblada con dos puertas de acceso, y la totalidad de su escolta, compuesta por una docena de militares con licencia, porta rifles de asalto y pistolas escuadra a tiro de mano.

Jaime mismo luce con nueve kilos menos, como consecuencia del estrés al que se ha visto sometido estos meses, que sólo le deja entre cuatro y cinco horas de sueño. Aun así, en las horas posteriores al triunfo, ha tenido tiempo para reflexionar sobre lo que se le viene encima.

“Duro tres días, cabrón, para recuperarme después de que todo explota. Me recupero en tres o en cuatro días. Apenas lo estoy haciendo”, dice. “Siento una gran expectativa y tengo que tener frialdad para la toma de decisiones; en armar un equipo que llene la expectativa, no solamente mediática, porque muchos esperan anuncios así, espectaculares, y tú sabes que yo no soy así, nunca me ha gustado eso. […] Voy a cimbrar el gobierno.”

Toma un par de ejemplos sobre eso de cimbrar el gobierno. El primero es el sistema de transporte público. El segundo es la procuración de justicia.
Sobre el transporte, habla de consolidar un sistema integral, de sentar a los concesionarios y ponerlos a eficientar el servicio junto con un equipo de expertos que aportará el gobierno. No quiere que la solución recaiga sobre él y decidir arbitrariamente.

Lo resume con el trazo de la simpleza teórica: “El problema es de ustedes, ¿eh? No me hagan a mí aplicar la autoridad. Tú traes el problema porque tú eres el que presta el servicio, resuélvelo. Tú resuélvelo, no me hagas a mí aplicar la ley para que lo resuelvas. Le vamos a dar al ciudadano [ciertas solu-ciones] y que el ciudadano nos diga qué hacer. Pero que no nos digan: oiga, no lo hizo. [Pues] si te puse a hacerlo. Vamos a descansar mucho en decisiones ciudadanas”.

Hasta hace tres meses, Adrián de la Garza fue procurador de justicia. Hoy es alcalde electo de Monterrey. La relación que guarda con Rodrigo Medina es lo que hace dudar a muchos de que termine preso, junto con su padre. La justicia, sin embargo, es el principal reclamo ciudadano, y el Bronco la ha prometido sin miramientos.

El desafío es enorme. Dentro de la procuraduría se encuentra uno de los grandes agujeros negros del sistema, un nido de corruptos y criminales.
“Las conozco, las tengo detectadas”, dice sobre las mafias internas. “Las podemos desincorporar, y no tienes que hacerlo suavecito. El problema es que cuando lo quieres hacer suavecito nunca terminas de hacerlo. El cáncer hay que sacarlo completo. [Ahora] no te podría decir [cómo], por razones de que no se pongan inquietos, ¿no?, pero vamos a tomar decisiones de sacar el cáncer de la raíz, y eso ayudará a que el ciudadano tenga confianza y participe.”

Es el tipo de intenciones que estrechan su círculo de seguridad. También el que genera llamadas incesantes a sus teléfonos celulares, intervenidos desde el inicio de su campaña política.

“Todos los que no creían, hoy creen”, cuenta al colgar una de esas llamadas. “Hay una actitud de comodidad, ¿no? A muchos de los que busqué para que se sumaran al proyecto tuvieron miedo de sumarse. Más bien miedo al sistema, miedo a romper el estatu quo. El conformismo, la comodidad. Hoy cambió eso.”

Desde sus tiempos como alcalde, Rodríguez buscó entre empresarios adhesiones para su movimiento. Nunca los ha identificado, porque así se los prometió, según ha dicho. Pero un nombre entre todos se ha colocado, el de José Antonio Fernández, apodado el Diablo, el CEO y presidente de Fomento Económico Mexicano (Femsa), la multinacional propietaria de la cadena de tiendas Oxxo y embotelladora nacional de Coca Cola.

“Ellos deseaban que yo ganara”, comenta el Bronco sobre los grandes capitalistas del estado. “Es decir, no querían que ganara el sistema porque ellos también han sido agredidos.”

En un mundo lleno de agraviados, Rodríguez realmente se siente el capitán de la nave.

“Esto es como la película La guerra de las galaxias”, ejemplifica. “Darth Vader se adueñó —y Darth Vader son los partidos— del sistema. La legión —yo así le llamó ahora—, esta es la legión de ciudadanos. Y así la voy a nombrar a partir de hoy. Somos una legión de ciudadanos, y esta legión ya está rebelándose. Muchos están ahorita en la clandestinidad porque el sistema está tras de ellos. Pero ya se dieron cuenta de que tenemos una nave espacial que funciona, que aun estando jodida y fea y hecha con herramientas arcaicas, está funcionando.

“Me gusta mucho esta similitud. La hago porque siempre quise ser el simple campesino que viene a salvar una ciudad urbana, y lo estamos logrando.”

“SÉ QUE DIOS LO PROTEGIÓ”

El centro Convex era un hervidero al caer la noche del domingo 7. Desde las cuatro de la tarde el equipo de prensa del Bronco había citado a los periodistas. Pasaron dos horas de calma, hasta que en el centro de operaciones de la campaña priista, Ivonne Álvarez apareció para proclamar la ventaja en cuatro municipios fundamentales, entre ellos Monterrey, y aludir una tibia ventaja de ella sobre Rodríguez Calderón. Los reporteros entendieron que había perdido.

La sala fue llenándose de a poco. A las siete, el arribo de Basilia Calderón Delgado, la madre del Bronco, generó un pequeño revuelo. Llegó acompañada de una de sus hijas, Marcedalia, procedentes de Galeana, donde votaron.

“Él es hijo de campesinos, de ejidatarios. Entonces no esperaba uno esto, pero a él siempre le gustó la política”, me dijo.
Según Jaime Rodríguez, Basilia no sabía leer ni escribir cuando él fue a la universidad para convertirse en ingeniero agrónomo. Pero entendió la importancia del estudio.

“Sentía un poquito de miedo, de temor, por lo que le había pasado”, dice la madre sobre los meses pasados. “Yo no quería que siguiera en la política, pero él estaba confiado, nos pidió que confiáramos en Dios, y ahora sé que Dios lo protegió, que toda la gente lo protegió. Siguió y aquí está el resultado.”

La Oveja Negra del PRI, como el Silvano Treviño de la película, venció.

about ignacio alvarado álvarez

Journalist - Periodista

Ignacio Alvarado Álvarez was a member of the investigative-reporting units for El Diario de Juárez and El Universal in Mexico City. His work has appeared in numerous magazine and newspapers, and he has run workshops in the U.S., Europe and Mexico on covering organized crime and violence.

 Ignacio Alvarado Álvarez fue miembro de la unidad de reportaje e investigación para El Diario de Juárez y El Universal en Ciudad de México. Su trabajo ha aparecido en numerosas revistas y periodicos. Ha impartido talleres en Estados Unidos, Europa y México acerca del crimen organizado y violencia. 

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