Ignacio Alvarado Álvarez – Sígueme en X

El asesinato de Carlos Manzo en Uruapan aceleró la descomposición política en Michoacán y expuso, una vez más, los engranajes de un país en donde el crimen organizado y el poder público coexisten bajo el mismo techo. A casi diez meses del magnicidio, la causa penal pasó del luto a la disputa abierta entre la fiscalía estatal y la alcaldesa Grecia Quiroz. La apertura de líneas de investigación sobre la viuda y el cruce de acusaciones sobre los nexos con los ejecutores muestran la tragedia en la que ha caído el poder local en México.
La explicación oficial insiste en presentar estos episodios como ataques de cárteles omnipotentes que desafían a las instituciones públicas. Pero esa es una lectura que sirve para ocultar el núcleo del problema. Los servicios de inteligencia del Estado conocen perfectamente la identidad de los operadores, los esquemas de lavado en —por ejemplo— el puerto de Lázaro Cárdenas, los nombres de los intermediarios en el negocio del aguacate y los cobros de piso en la minería de la Sierra-Costa. Si las fuerzas de seguridad no actúan contra esa red, es porque hacerlo significaría desmontar el tejido económico y político que sostiene la gobernabilidad regional.
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Michoacán se convirtió en el laboratorio del extractivismo violento. De entrada, la apertura comercial transformó el cultivo del aguacate en una industria millonaria que pronto atrajo la codicia de caciques, agroexportadores y grupos armados. Pero la deforestación sistemática, los incendios provocados para cambiar el uso de suelo y la apropiación de los cauces de agua avanzaron con el consentimiento de autoridades municipales y estatales. En la franja agrícola comprendida en los municipios de Uruapan, Tancítaro y Ario de Rosales tuvo que aprenderse a convivir con un sistema de tributación extraoficial que fue fijado por los dueños de la fuerza.

En las zonas mineras de Aquila y Coalcomán ocurrió una mutación similar. La demanda de insumos por parte del mercado asiático abrió la puerta a la extracción ilícita de hierro a gran escala. Las bandas armadas no limitaron su papel al cobro de extorsiones a las empresas concesionadas, sino que tomaron directamente los cerros, extrajeron el mineral y utilizaron las carreteras locales para llevarlo hasta el Pacífico. En las aduanas y patios de almacenamiento del puerto de Lázaro Cárdenas, ese mineral clandestino abordó embarcaciones con destino a puertos chinos. A cambio de ese mineral, ingresaron al país los cargamentos de sustancias químicas que alimentan los laboratorios clandestinos de la entidad.

El puerto de Lázaro Cárdenas representa, en síntesis, el eje neurálgico de esta dinámica transnacional. Su control, sin embargo, no requirió la toma de las instalaciones navales ni el enfrentamiento con las tropas gubernamentales. Bastó con infiltrar las redes terrestres, los sindicatos o agrupaciones de transportistas, agentes aduanales y los servicios de logística que operan en los muelles. La presencia permanente de las Fuerzas Armadas en la administración portuaria no ha detenido el flujo de insumos ni la salida de recursos naturales, debido a que las redes de complicidad administrativa superan los esquemas tradicionales de vigilancia militar.

Dentro de esta estructura, los grupos armadas pasaron de ser cuadrillas de traficantes a convertirse en fuerzas paramilitares con pretensiones de control territorial. La irrupción de la violencia no busca desafiar al Estado mexicano ni derrocarlo —como cabe pensarse—, sino obligarlo a pactar los términos de la extracción de rentas. El uso de armamento pesado, vehículos con blindaje artesanal, drones cargados con explosivos y retenes en las carreteras principales sirve para delimitar fronteras invisibles y someter a las comunidades, no para confrontar a las fuerzas del Estado. La población civil quedó, como consecuencia de esta lógica abigarrada del sistema político, atrapada entre el despojo y la exigencia de cuotas sobre el comercio básico.

El surgimiento de los grupos de autodefensa en 2013, si algo ilustró, fue la complejidad del conflicto. Lo que inició como una reacción desesperada de ganaderos, agricultores y pobladores contra los abusos de los grupos dominantes terminó absorbido por el propio aparato estatal. La creación de cuerpos de policía rural terminó por armar —con el conocimiento oficial— a facciones rivales, multiplicó los frentes de combate y balcanizó la entidad. Cada intento por cooptar a grupos de civiles armados con el objetivo de pacificar la zona, derivó en un nuevo ciclo de violencia y en la dispersión de células criminales que se sumaron a la disputa del mismo territorio.
En ese entorno saturado de pactos no escritos, la irrupción de liderazgos con discursos anticrimen rompe el equilibrio de la zona. La retórica agresiva contra la extorsión o la promesa de autonomía municipal amenazan los acuerdos de impunidad que comparten autoridades policiales, operadores políticos y empresarios de la región. El asesinato de un alcalde o de un candidato funciona entonces como un mecanismo violento de reajuste para restablecer el orden habitual. El homicidio de Carlos Manzo debe leerse bajo esa clave: la eliminación física de un actor político que alteraba las reglas del juego local, seguida de una disputa judicial orientada a controlar los daños y distribuir el espacio de poder vacante.

Los expedientes que acumulan las fiscalías y las dependencias de inteligencia no se utilizan para aplicar la ley, sino para vigilar los contornos del conflicto. El Estado interviene de forma punitiva únicamente cuando la violencia rebasa los niveles tolerables para la opinión pública o amenaza la infraestructura clave de las exportaciones. Mientras que las pérdidas humanas permanezcan dentro de los límites de la geografía rural y la extracción de recursos fluya sin contratiempos hacia los mercados internacionales, las redes criminales e institucionales mantendrán su alianza estratégica.

Michoacán demuestra que la crisis de seguridad en México no se debe, por lo tanto, a la ausencia del Estado, sino a la forma en que ejerce su presencia. Las instituciones formales, los grandes capitales agrícolas y las estructuras armadas se integraron en un modelo tal, que la coacción física constituye la herramienta principal para la acumulación de riqueza. El caso Manzo y la disputa que continúa en Uruapan representan solo un capítulo de política más oscura y la impunidad negociada en este país.