¿Por qué el “Cártel más poderoso del mundo” siempre paga propinas?
Ignacio Alvarado Álvarez
El hallazgo de una libreta contable en un búnker de Tapalpa, Jalisco, tras el reciente operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes, ha devuelto a la opinión pública una imagen que, por repetitiva, resulta casi coreográfica: se trata de una lista de nombres, siglas de corporaciones federales y montos que oscilan entre los quince mil y los cien mil pesos. Esta “narconómina”, presentada por los medios con el estruendo de un descubrimiento sísmico, revela en realidad una precariedad que choca frontalmente con la narrativa del “cártel más poderoso del mundo”. Si analizamos con rigor la historia criminal de las últimas cuatro décadas, lo que emerge es la radiografía de un imperio global inexpugnable, pero también una construcción mediática y geopolítica diseñada para sostener un estado de excepción permanente.
El fenómeno comienza con la entronización del villano en turno. Desde la era de Amado Carrillo Fuentes, el “Señor de los Cielos”, la DEA y las agencias de seguridad mexicanas han perfeccionado una técnica de mercadotecnia política: dotar a un líder criminal de capacidades casi estatales. De Carrillo Fuentes se decía que poseía una flota de Boeings 727 capaz de vulnerar cualquier radar; de Osiel Cárdenas Guillén se narró hasta el cansancio la creación de un ejército pretoriano que rebasaba en táctica a las fuerzas especiales; de Joaquín “El Chapo” Guzmán se construyó la leyenda de un CEO global que aparecía en las listas de Forbes. Hoy, con “El Mencho”, la narrativa alcanzó su paroxismo al describirlo como el líder de una organización con presencia en más de cincuenta países y capacidad de fuego para derribar aeronaves militares.
Sin embargo, cuando estos líderes caen o mueren, la “evidencia” que se filtra a la prensa es siempre de una escala local, casi rústica. Las libretas de Tapalpa no muestran transferencias electrónicas a paraísos fiscales ni contratos con consorcios navieros internacionales. Muestran pagos a policías de caminos, a comandantes de zona en municipios rurales y a informantes de bajo rango. Esta disonancia no es un error de contabilidad del cártel, sino evidencia de una narrativa manipuladora de la masa social. Se nos ha educado para creer en el monstruo único y centralizado porque es más fácil de combatir en el imaginario colectivo que una red fluida de intereses empresariales y financieros que operan en la legalidad.
Si sumáramos todos los cárteles más peligrosos del mundo, según la prensa de los últimos 30 años, México habría tenido al menos seis organizaciones simultáneas con capacidad de destruir naciones, lo cual es estadísticamente improbable pero mediáticamente efectivo. La trampa reside en la escala: la DEA utiliza el concepto de “presencia global” de manera tramposa. Si un gramo de metanfetamina con el sello de un grupo mexicano llega a un puerto en Australia, la agencia reporta que el cártel “opera” en dicho continente. Los medios masivos, ávidos de audiencias y prisioneros de la dieta del click, replican estos boletines sin cuestionar la logística real. No distinguen entre un contacto comercial y una infraestructura propia.
Esta falta de matices convierte a los grupos criminales en entidades abstractas y todopoderosas, ocultando que su supervivencia depende de una micro-corrupción territorial, de esa narconómina de cantidades modestas que permite el libre tránsito por una carretera específica. El rol de los analistas de seguridad y de los medios ha sido, en su mayoría, el de taquígrafos del poder oficial. Rara vez se pregunta cómo es que una organización capaz de desestabilizar hemisferios se anota en libretas manuscritas encontradas en rancherías. Pero la narrativa ha evolucionado sutilmente según la época: en los 90 se hablaba de “carteles” como corporaciones cerradas. En la década de 2010 se pasó al modelo de “franquicias”, para explicar por qué seguían operando tras la captura de sus líderes. Y hoy se utiliza la “amenaza a la seguridad nacional” para justificar intervenciones más agresivas.
Lo que se omite deliberadamente es que el narcotráfico no es una anomalía del sistema, sino un engranaje funcional del mismo. Mientras la prensa se distrae con las libretas de Tapalpa, el contraste con el sistema financiero es brutal. Casos como el de HSBC en 2012, que admitió haber lavado al menos 881 millones de dólares para el Cártel de Sinaloa y el del Norte del Valle, o el de Wachovia (ahora Wells Fargo), que procesó 378 mil millones de dólares en transacciones vinculadas a casas de cambio sospechosas, revelan dónde reside la verdadera infraestructura del poder. Aquí no hay pagos de quince mil pesos, hay una arquitectura de complicidad institucional que permite que el dinero se limpie en los centros financieros de Londres, Nueva York o la Ciudad de México.
La construcción del “supercapo” permite que el Estado ejerza un control social punitivo bajo la bandera de la seguridad, mientras el sistema financiero internacional absorbe las ganancias reales. El escándalo mediático sobre los funcionarios que presuntamente cobraban de la mano de El Mencho sirve como una válvula de escape social. Al señalar a un capitán de la Guardia Nacional o a un alcalde de un municipio pequeño, se ofrece la ilusión de una limpieza profunda, mientras el flujo real del capital narcótico sigue circulando por las arterias del sistema bancario global, ese que nunca aparece en las libretas de un búnker.
La verdadera tragedia no es entonces la existencia de estas nóminas, sino nuestra disposición a aceptar, década tras década, la misma historia del “nuevo cártel más poderoso” como una verdad absoluta, olvidando que el poder real no necesita anunciarse con tales estridencias ni se anota en cuadernos de espiral. Es una hiperrealidad donde el mapa mediático ha sustituido al territorio real de la delincuencia. Por ello el ciclo se reiniciará inevitablemente: una nueva sigla ocupará el vacío dejado eventualmente por el CJNG, la DEA publicará un nuevo mapa pintando el mundo de un color distinto, y la prensa volverá a decirnos que, ahora sí, estamos ante la amenaza definitiva, perpetuando un teatro de sombras donde el villano cambia de rostro pero el guion permanece inalterable.
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about ignacio alvarado álvarez
Journalist - Periodista
Periodista especializado en sistemas criminales, estructura y política sociales.
Fue co-director de Newsweek en Español. Formó parte de la Unidad de Investigaciones Especiales de El Universal.
Ha colaborado en las revistas EmeEquis, Contralínea, Variopinto, Letras Libres y el diario La Jornada. Escribió para el área de reportajes especiales de Al Jazeera América. Fue jefe de información y reportero de la Unidad de Investigaciones de El Diario de Juárez.
Conferencista y director de talleres sobre periodismo de investigación en universidades de México, Estados Unidos, Europa y Centroamérica.
Es coautor de los libros La Guerra por Juárez (Planeta 2010) y La guerra contra el narco y otras mentiras (BUAP 2011).
Fue asesor de estrategia comunicacional de la Comisión de Asuntos Fronterizos del Senado de la República (2001-2003), y productor asociado en América Latina de ARD, Televisión Pública Alemana.
Actualmente colabora en portafolios de investigación con Insight Crime.





